Era una mañana de verano y los pajarillos cantaban sin
parar, los arboles disfrutaban del gran
y frondoso calor que el tiempo les brindaba.
Ron, como el alcohol, era un joven señor carpintero, vivía
sólo abajo del gran árbol del bosque Verdi .
El compraba de la mejor madera importada del reino Roji, una
madera exquisita, una madera única. Cada mañana, le llegaba un encargo
especial, un encargo de las tablas Vinú, unas tablas que solo se conseguían en
las alturas de la montaña de la ciudadela de Roji.
Con esas tablas construía un barco que aguantaba las pesadas
y duras aguas del reino Azuli, un reino donde vivían los hombres PES, los
hombres PES podía respirar fuera del agua con ayuda de la piedra del AYR, claro,
del reino de los cielos.
El reino de los cielos, era único, era el “REYno” de toda la
tierra.
Cada reino, cada lugar estaba protegido por una piedra que
cuidaba de los hombres, de su gente.
Entonces, Ron, siempre tenía arduo trabajo con la madera
especial, los barcos eran vendidos a mercaderes, gente que vendía cristal
precioso de cada uno de los reinos de la región, cristales únicos, por qué cada
uno era cortado diferente.
Ron, tenía la piedra conmemorativa del gran árbol, la piedra
que daba vida a la región.
Un día, un mercader, tocó su puerta, el mercader tenía pinta
de buena gente, pinta de sinceridad en todo su contexto, en sus palabras, en su
mirada.
Ron y desconfianza le hizo pensar que no.
El mercader iba con una única y extraña pregunta… ¿Usted
tiene la piedra Verdi?.
¿Por qué preguntar por algo raro y que solo la gente
mencionaba ocasionalmente? No lo entendía.
-No, solo vivo aquí, solo, sin nadie y sin nada más que
madera, me extraña que un hombre que no había visto por los alrededores me
pregunte sobre una piedra… ¿Verdi?, me dijo?, como el pueblo?
-Sí joven carpintero, sí, es una reliquia, la he buscado por
generaciones, por el tiempo. He sido enviado para protegerla.
-Un mercader?
-No soy un mercader, este es mi disfraz.
-Aaah, bueno, como ya le he dicho, no sé nada acerca de “la
reliquia”.
Y Ron, le cerró la puerta, no por mala gente, por miedo, por
miedo a regalar algo que no es de él, que es de todos, algo que podía haber
dado por “insignificancia”, algo que pudo haberlo salvado la vida, si todo
fuera cierto.
Y fue entonces donde su puerta empezó a calcinarse, a arder
en los mares de fuego, Ron corrió con piedra en mano y su árbol comenzó a
brotar el más denso humo del intenso calor. La piedra fue la única brillante y
la mirada perdida de Ron, moría en fuego.
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